LIBRO 3 ARQUIMAES
Cuando los treinta jinetes dirigidos por el príncipe Ratala, bajo bandera de Demónicus, se acercaron al castillo de Émedi, se dieron cuenta de que varias patrullas emedianas los vigilaban desde lejos.
Los recién llegados se detuvieron a una distancia prudencial y esperaron, con gesto arrogante, a que algún oficial de la reina se acercara a hablar con ellos.
―Traemos un mensaje de nuestro señor Demónicus para vuestra reina ―informó Ratala al hombre que se acercó―. Se lo daré en persona.
Dos emisarios partieron inmediatamente hacia el castillo mientras los demás cercaban al grupo de Ratala, atentos por si traían alguna intención oculta. Les pidieron que mantuvieran las manos alejadas de las armas y les advirtieron que no permitirían ninguna falta de respeto a su señora.
Los emisarios volvieron poco después escoltando a la reina, que traía consigo la espada de plata y montaba su espléndido caballo de guerra.
Protegida por su escolta personal y algunos caballeros, se acercó hasta el lugar del encuentro. Arturo, Arquimaes y Drako también la acompañaban.
―¿Qué buscáis en mis tierras, hombres de Demónicus? ―preguntó Émedi con tono autoritario.
―Venimos a arrestar a ese cobarde que se hace llamar Arturo Adragón ―respondió el príncipe Ratala, señalándolo―. Ha herido gravemente a Demónicus y ha abusado de nuestra hospitalidad.
―Arturo Adragón es mi invitado y no se lo entregaré a nadie. No abandonará esta fortaleza.
―Ha rehuido un combate que tenía pendiente conmigo, ha atacado a traición a nuestro señor Demónicus, ha despreciado a nuestra princesa Alexia y ha robado uno de nuestros dragones. ¡Queremos venganza!
―¿Me convertiréis también en una bestia humana? ―preguntó Arturo, indignado por las palabras de Ratala.
La reina levantó la mano para silenciarlo.
―No entregaré a Arturo ―dijo con firmeza―. Es mi última palabra.
―Entonces, señora, os informo de que mi señor Demónicus enviará a su ejército para apresarle. Si es necesario, arrasaremos vuestro castillo y vuestras tierras. Debéis prepararos para una terrible guerra que os costará cara.
―Decid a vuestro amo que no tenemos miedo. Que estamos preparados para defender el derecho a proteger a nuestros invitados. La reina Émedi no traiciona a sus amigos.
―Se lo haré saber. Podéis estar segura de que la furia de Demónicus será tan poderosa como una tormenta. Nadie quedará vivo en vuestros dominios ―amenazó directamente el príncipe Ratala―. Emedia será destruida.
―Partid antes de que os haga encerrar en mis mazmorras para haceros pagar vuestra insolencia ―le ordenó la reina―. Decidle también a vuestro amo que no temo su furia. Tengo caballeros y soldados valientes que sabrán defender mi reino con su vida. No le resultará fácil invadir esta tierra.
―Todo el mundo sabe que no tenéis ejército. No disponéis de fuerza suficiente para oponeros al ataque de Demónicus ―respondió Ratala―. Además, permitidme decirle a este cobarde que el combate que me debe será celebrado, tanto si le gusta como si no. Lo mataré con mis propias manos.
Arturo se disponía a hablar cuando la reina levantó nuevamente el brazo, dando por terminada la entrevista. Los hombres de Demónicus comprendieron que había llegado la hora de partir. Dieron la vuelta con sus monturas y se marcharon por donde habían venido, escoltados por los vigías emedianos.
La reina esperó pacientemente hasta que se perdieron de vista. Entonces, la comitiva real volvió al castillo con tranquilidad, pero con una sombra de temor en el corazón. La amenaza de ser atacados por los salvajes guerreros de Demónicus no era una amenaza vana y todos lo sabían.
Arturo no podía quitarse de encima un cierto sentimiento de culpabilidad, ya que la guerra que se avecinaba se iba a producir en parte por su culpa. Todo lo que Ratala había dicho sobre él era cierto; y eso le reconcomía el corazón. Sobre todo le dolía haber hecho daño a Alexia, en quien no había dejado de pensar ni un solo momento. Cada noche soñaba con ella.
Alexia se había sentado al lado de su padre, Demónicus, que estaba siendo atendido por los magos hechiceros expertos en curación de heridas producidas por fuego. Lo observó con una gran pena, pues lo adoraba, y no pudo evitar sentir cómo el odio hacia Arturo se apoderaba de ella. Un odio que sustituía a la admiración que le había profesado desde que lo conoció.
Recordó con nostalgia los extraordinarios momentos que había pasado a su lado. Todavía guardaba en su memoria el día en que Arturo mató al dragón en el barranco, o el día en que la rescató de la hoguera, en aquella maldita ciudad, y el posterior viaje hacia su reino mientras le curaba su herida mortal. Una experiencia que le había ayudado a ver la vida de otra manera, más humana. Nunca había conocido a nadie con un corazón tan noble, un corazón que la había deslumbrado.
―¡Júrame que matarás a Arturo Adragón! ―exigió Demónicus, con la voz llena de odio, agarrándola del brazo con furia―. ¡Júrame que me vengarás!
Alexia abandonó los recuerdos y volvió a la realidad.
―¡Te lo juro, padre! ―dijo―. ¡Te juro que tendrás la venganza que deseas!
―Quieres demasiado a ese traidor. Estoy seguro de que cuando llegue el momento, tu mano vacilará. ¡Tienes que desear la muerte de Arturo con rabia! ―pidió Demónicus.
―¡Te aseguro que quiero matarlo, padre! ¡Es lo que más deseo en esta vida! ¡Arturo debe morir en mis manos!
―Tu voz revela que más que matarle, lo que querrías es besarle ―se lamentó el Mago Tenebroso―. No me darás la venganza que ansío.
―¡Te lo juro, padre! ¡Te juro que lo mataré! ¡Te prometo que no temblaré cuando llegue el momento!
Demónicus, que sabía muy bien cómo tratar a su hija, se calló y esperó unos instantes.
―Mírame bien..., nunca volveré a ser el mismo. Mi cara está desfigurada y mi cuerpo apenas puede moverse ―explicó después de toser varias veces y de arrojar algunas gotas de sangre por la boca―. Arturo Adragón es el culpable de mi desgracia y mi propia hija no va a ser capaz de vengarme.
Por primera vez en muchos años, los ojos de Alexia se llenaron de lágrimas. Sabía que estaba obligada a obedecer a su padre, pero su corazón le pedía otra cosa. Era demasiado joven para saber que cuando el amor se mezcla con el odio, produce extraños sentimientos que no son fáciles de controlar.
―¡Puedes estar seguro de que cumpliré con mi deber! ―afirmó la princesa, poniéndose en pie―. ¡Lo mataré sin vacilar! ¡Pagará caro lo que te ha hecho, padre! ¡Ya lo verás!
Más tarde, cuando salió de la habitación, se dirigió al patio de armas, pidió una espada, se puso la cota de malla y estuvo practicando durante algunas horas. Su profesor de esgrima recibió varios golpes que le hicieron pensar que aquello no era un ensayo, sino más bien el reflejo del deseo de matar a alguien. Conocía muy bien a la princesa y comprendió que estaba rabiosa, pero no sabía que esa rabia provenía de un lugar muy profundo. Alexia sentía furia hacia sí misma por tener que hacer algo que no quería hacer: ¡si mataba a Arturo, se mataría a sí misma!
Émedi estaba reunida alrededor de una gran mesa de madera con su Consejo de Guerra, del que Arquimaes y Arturo formaban parte. La sala estaba decorada con grandes tapices que representaban escenas de las batallas emedianas más importantes. Batallas victoriosas que habían dado como resultado la formación del reino.
Todo el mundo había oído hablar de la amenaza que Ratala había lanzado a la cara de la reina esa misma mañana, y ahora querían ver de cerca qué efecto había producido en su ánimo. Se rumoreaba que estaba arrepentida de haberse negado a entregar al joven ayudante del alquimista. Por eso estaban deseando escuchar sus palabras.
―Caballeros, sabéis que Demónicus ha amenazado seriamente con atacarnos. Debemos prepararnos para repeler su ofensiva. Estamos aquí para preparar una estrategia de defensa ―anunció la reina con solemnidad.
Los fieles caballeros emedianos se mantuvieron en silencio y tragaron saliva. La reina, con gran entereza, tomó asiento en una gran silla de madera coronada con su blasón y los invitó a hablar.
―Quiero conocer vuestro parecer ―dijo―. ¿Qué pensáis que debemos hacer?
―Tenemos pocas fuerzas de combate, majestad ―dijo el caballero Montario, al cabo de un rato―. Lo único que podemos hacer es reunir a los campesinos y darles arcos y flechas para que maten a cuantos enemigos puedan.
―Los campesinos no están preparados para combatir contra un ejército bien organizado como el de Demónicus ―objetó Leónidas―. Y apenas tenemos soldados. Este reino se ha mantenido desde hace años sin ejército.
―Sí, desde la Gran Batalla nuestro ejército fue disminuyendo ―reconoció la reina―. Creíamos que nunca más íbamos a necesitarlo. Probablemente hemos sido unos ingenuos.
―Ha llegado el momento de prepararnos para la batalla decisiva ―explicó el caballero Puño de Hierro―. Demónicus invadirá este reino y expandirá su poder hasta donde sus fuerzas se lo permitan.
―Nos esclavizará y se apropiará de todas las riquezas de Emedia ―añadió Montario―. Y no podemos hacer nada para impedirlo. Solo somos un puñado de caballeros y disponemos de pocos soldados. Apenas tenemos máquinas de guerra.
―Quizá podamos pedir ayuda a otros nobles. Están obligados a defender a la reina. Y también podemos hacer acuerdos con el rey Frómodi, formar un ejército de hombres de guerra ―explicó Puño de Hierro.
―Nadie se aliará con nosotros ―afirmó Leónidas―. Demónicus es un enemigo poderoso y siempre le han temido. No nos engañemos, estamos solos en esto.
Un oscuro silencio cruzó la sala y nadie se atrevió a contradecirlo. Todos sabían perfectamente cuál era la situación real. Ningún noble y ningún rey se atrevería a levantar sus ejércitos contra el Mago Tenebroso. A estas alturas, todo el mundo sabía lo que Arturo le había hecho a Demónicus.
Arquimaes y Arturo cruzaron una mirada de complicidad.
―Quizá yo encuentre una solución ―dijo el sabio, dando un paso adelante.
―¿Conoces a alguien que quiera ponerse de nuestro lado? ―preguntó Puño de Hierro, con un tono irónico que irritó a Émedi―. ¿O acaso vas a formar tú el ejército que necesitamos?
―No es el momento de discutir entre nosotros ―dijo la reina―. Todos estamos en el mismo bando.
―Cierto. Todos estamos en el mismo bando y somos fieles a nuestra reina, pero la culpa es de ese chico ―insistió el caballero―. Ya lo dijo bien claro el enviado de Demónicus, si se lo entregamos, nos librará del ataque.
―¿Propones que tu reina entregue a uno de sus amigos para liberarse de la ira de un malvado? ¿Crees que tu reina es una mujer débil y miedosa que se arrodilla ante cualquiera que la amenace? ―dijo con voz grave y solemne la soberana.
―No, mi señora. Os pido disculpas por mis palabras, pero debemos reconocer que...
―Nadie, ni siquiera Demónicus, puede venir a decirnos lo que tenemos que hacer. Nosotros no entregamos a nuestros amigos, por muchos soldados que tengan y por muy peligrosos que sean. Si alguno de mis caballeros teme el ataque de ese bárbaro, lo invito a que se una a sus fuerzas. Aquí solo queremos gente leal, valerosa y justa.
Las palabras de Émedi resonaron con tal fuerza y poseían tal vigor que nadie se atrevió a contradecirla. Arturo observó a los caballeros y comprendió que todos lucharían por su reina. Pero también asumió que eran demasiado pocos como para pensar en una victoria.
* * * * * *
Morfidio recibió a Escorpio sin demasiado entusiasmo.
El antiguo espía de Benicius, que posteriormente se había puesto al servicio de Demónicus, no era precisamente un tipo del que uno pudiera fiarse. Después de que Alexia le retirara su confianza obligándolo a huir del reino Tenebroso, había decidido buscar un nuevo señor que estuviera dispuesto a pagar sus servicios, y el nuevo rey Frómodi era un buen candidato.
―¿Qué vienes a ofrecerme, espía del diablo? ―preguntó el nuevo rey―. Traicionaste a Benicius y no creerás que te voy a dar la ocasión de hacer lo mismo conmigo.
―Te aseguro que no, mi señor Frómodi. Tengo noticias importantes: Demónicus se está preparando para atacar a la reina Émedi.
―¿Y a mí qué me importa? ¿Qué tengo yo que ganar? ¿O acaso después me atacará a mí?
―Demónicus es ambicioso y quiere conquistar todo el territorio que pueda. Ha prometido ser el dueño del mundo. Pero eso no es lo que importa. Lo que os interesa, mi señor, es que en el castillo de Émedi se ha refugiado un muchacho llamado Arturo Adragón, al que creo que conocéis bien. Y está acompañado de un alquimista llamado Arquimaes, al que conocisteis hace tiempo, cuando erais conde o incluso antes.
Morfidio sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. ¡Arturo y Arquimaes juntos! ¡Ahora tenía la oportunidad de vengarse de quienes le habían hecho tanto daño y lo habían humillado públicamente! Una ola de ira le invadió y se levantó de un salto. La imagen de Arquimaes se dibujó en su mente con tal claridad que se estremeció.
―¿Estás seguro de lo que dices? ¿Juras por tu vida que esos dos están en el castillo de Émedi?
―Con toda seguridad, mi señor. Demónicus ha amenazado con invadir sus tierras si la reina no le entrega al muchacho del que quiere vengarse.
―¿Por qué quiere vengarse?
―Le ha herido gravemente. Demónicus está postrado en la cama a causa de las heridas que Arturo le ha infligido. Dicen, además, que ha humillado y despreciado a la princesa Alexia. Demónicus está preparando su ejército para atacar a Émedi. Torturará a Arturo Adragón hasta que lamente haber nacido.
―¡Arturo es mío! ¡Los mataré a los dos con mis propias manos! ―exclamó Morfidio con la mirada extraviada y exaltado por la locura que le poseía desde hacía meses y que avanzaba sin cesar.
―Entonces debéis apresuraros. Si no, Demónicus se adelantará, podéis estar seguro.
―¿Qué puedo hacer?
Escorpio sonrió maliciosamente. Ahora Morfidio estaba en sus manos y le pagaría todo lo que le pidiese si le daba la oportunidad de atrapar a ese diabólico muchacho.
―Me he portado bien con Demónicus y le he entregado a Herejio, del que se ha vengado con creces; pero su hija Alexia no me ha perdonado cierto desliz que cometí con ella y me ha arrojado de su reino. A mí también me gustaría vengarme. Juntos podemos obtener venganza y fortuna, mi señor Frómodi.
―Me pondré del lado de Demónicus y le daré mi apoyo a cambio de la vida de esos dos.
―No, mi señor, no es eso lo que nos conviene, tengo otra idea...
Era tan temprano que apenas había gente levantada. Solo los pocos soldados que estaban de guardia pudieron ver cómo Émedi despedía a Arquimaes, a Arturo y a Drako en el puente levadizo.
―Cuidaos mucho. Esto puede estar lleno de enemigos que nos espían ―aconsejó la reina―. No dudarán en mataros.
―No os preocupéis, señora ―respondió el sabio―. No permitiremos que nos impidan llevar a cabo nuestra importante misión. No fallaremos.
―Os prometo que volveremos sanos y salvos ―añadió Arturo―. Nadie nos cerrará el camino.
―Y llegaremos a tiempo para participar en esa guerra ―añadió Drako―. No me la perdería por nada del mundo.
―Espero que no nos ataquen antes de que regreséis ―deseó la reina.
―Desplazar un ejército cuesta mucho trabajo y lleva mucho tiempo ―la tranquilizó Arquimaes―. Nosotros somos pocos y cabalgaremos con ligereza. Seguro que volveremos antes de que esos diablos asedien la fortaleza.
―Que la suerte os acompañe ―deseó Émedi, envolviéndose en su gruesa capa para protegerse del frío―. Esperamos vuestro regreso con ansiedad.
Arquimaes y Émedi cruzaron una mirada que no escapó a Arturo. Era evidente que aquella separación les partía el corazón a ambos.
El sabio espoleó su caballo y sus dos acompañantes lo siguieron. La reina se quedó esperando hasta que los perdió de vista. Entonces, con el corazón sobrecogido, volvió a entrar en el castillo y el puente levadizo se cerró tras ella.
Son las tres de la madrugada y todos están durmiendo. Metáfora se ha quedado a pasar la noche en la Fundación con la excusa de que mañana tenemos que preparar los exámenes.
Me levanto sigilosamente, cojo mi mochila con todo lo necesario para llevar a cabo nuestra operación y salgo de mi habitación después de enviar un mensaje a Metáfora: «Ya estoy».
La espero en el descansillo y bajamos juntos hasta la planta baja. Menos mal que Adela no ha instalado todavía las cámaras de vídeo. Afortunadamente, por la noche la vigilancia se reduce a un coche patrulla que da vueltas constantemente por la calle, alrededor de la Fundación. Hace días que hemos comprobado el recorrido del coche y sabemos exactamente lo que tarda en hacer cada ronda, así que, si hemos calculado bien, nadie nos descubrirá.
Salimos al jardín y, pegados a la pared, nos acercamos a la puerta trasera del edificio. Después de abrir la cerradura con mucho cuidado, entreabrimos la puerta de madera y esperamos. El coche tarda poco en aparecer.
―Ahí está ―susurró―. Haz el cálculo.
Mientras ella pone su cronómetro en marcha, yo hago una señal con la linterna: una larga, una corta, una larga, una corta. Ya está. Patacoja ha tenido que ver la luz que indica que la cuenta atrás acaba de empezar. Esperamos a que, dos minutos después, el coche vuelva a pasar.
―No volverá hasta dentro de cinco minutos ―dice Metáfora.
―Bien, avisaré a Patacoja.
Espero medio minuto y lanzo otra tanda de señales: una larga y tres cortas.
Veo que Patacoja sale de un portal que hay en la acera de enfrente y viene directamente hacia nosotros. Un minuto, dos... ¡Ya está aquí! Con tiempo suficiente para entrar sin ser detectado por el vigilante, que aún tardará en llegar.
―¿Todo en orden? ―pregunta cuando cierro la puerta tras él―. ¿Algún imprevisto?
―Todo está saliendo según nuestros cálculos ―le informo.
―Bien, pues sigamos adelante con el plan.
Amparados por la oscuridad de las sombras del muro, volvemos a entrar en el edificio. Miro mi reloj y veo que ya son las tres y media. El tiempo corre y no nos podemos descuidar.
Nos acercamos a la gran puerta que permite bajar a los sótanos y la abro con la llave maestra que he conseguido. Con el mayor sigilo posible la cruzamos y volvemos a cerrar desde dentro. Abro la mochila y les presto una linterna a cada uno.
―Es mejor no encender las luces y apañarnos con esto ―les explico―. He traído más pilas por si acaso, así que no hay problema.
Bajamos la escalera agarrados al pasamanos para evitar tropezones inesperados. Nos cruzamos con algunas ratas que, cuando nos ven, salen huyendo. Según descendemos, notamos que la humedad crece.
―¿Hay algún pozo o corriente de agua por aquí? ―pregunta Patacoja.
―No que yo sepa ―respondo―. La humedad se debe a que esta zona lleva mucho tiempo cerrada.
Llegamos hasta la puerta del tercer sótano y nos detenemos delante de ella. Es grande, de madera con incrustaciones de hierro, y tiene dos hojas.
―Es aquí. Esta puerta no se utiliza desde hace años y creo que nos va a costar trabajo moverla ―les advierto―. Tendremos que empujar fuerte. Giro el pomo después de abrir la cerradura y, ante mi sorpresa, la puerta se abre casi sola.
―Me parece que esta puerta se abre más a menudo de lo que tú crees ―dice Patacoja―. Las bisagras ni siquiera han chirriado.
Metáfora está tan sorprendida como yo.
―Es posible que Sombra tenga que bajar algunas veces a guardar cosas ―añado poco convencido―. O a hacer limpieza.
Abro de nuevo la mochila y saco una gran lámpara eléctrica con batería, que tiene una potencia de luz superior a nuestras tres linternas juntas. Cuando la enciendo, podemos ver que estamos en una gran estancia repleta de libros y pergaminos antiguos. Cerca de las paredes hay escritorios medievales, como los que usaban los monjes en los monasterios. Sobre algunos veo que hay pergaminos abiertos.
―Oye, este tintero ha sido usado hace poco ―observa Metáfora―. Fíjate.
―Ya te digo que Sombra puede haber venido a hacer algún inventario.
―Esto no es un inventario. Parece una fórmula matemática o un crucigrama especial. Mira, hay letras escritas en filas cruzadas y en diagonal. ¡Son letras como las que comentaba tu padre, de esas que contienen signos secretos! ¡Escritura simbólica! —dice Metáfora.
―Qué cosa más rara ―contesto, un poco sorprendido.
―Esa puerta de ahí enfrente guarda algo importante ―dice Patacoja―. Es la más antigua de todas y tiene el símbolo de los alquimistas: un sol y una luna.
Nos acercamos e intentamos abrirla, pero resulta imposible. Saco el manojo de llaves que he cogido en la habitación de papá, pero ninguna sirve para abrirla.
―Me parece que no vamos a poder entrar ―reconozco―. No hay llave.
―¿Me permites hacer una prueba? ―pregunta Patacoja.
―Claro, mientras no rompas nada.
Se acerca y empieza a palpar el marco. Roza algunos relieves que sobresalen demasiado hasta que, de repente, exclama:
―¡Mira que soy idiota! Voy a dejar la muleta contra la pared, así que tenéis que sujetarme, creo que esto va a ser más sencillo de lo que parece.
Entonces, cuando aprieta a la vez el sol y la luna, escuchamos un sonido seco que proviene del interior.
―Las llaves de los alquimistas no son como las nuestras ―dice, empujando levemente las dos pesadas hojas de madera―. Esos tipos eran muy listos.
Asombrado, cojo la lámpara e ilumino la nueva estancia, un larguísimo pasillo repleto de cuadros y estatuas. Después de pensarlo un poco, decidimos entrar. Aunque es largo, se adivina que al final hay otra puerta. Pero, cuando nos acercamos, nos llevamos una gran decepción.
―No hay puerta, es un muro ―corroboro―. Hay que volver atrás.
―No, hay que encontrar la forma de desplazar este muro. Mira los bordes, esa pequeña ranura indica que se puede mover. ¡Es una puerta secreta!
Patacoja tiene razón, pero no hay nada a lo que agarrarse, nada que tocar o apretar. Es imposible abrirla.
―Tiene que haber algún mecanismo ―insiste Patacoja, pasando las manos por todas partes, en busca de algún resquicio―. Tiene que haber...
Se detiene en seco. Mira al techo, levanta su muleta y aprieta una baldosa que parece más gastada que las que la rodean. ¡Clic!
El muro se desplaza hacia la derecha con una lentitud exasperante.
―Los mecanismos antiguos son así ―explica Patacoja―. Funcionan con un sistema de pesas que hacen girar las ruedas dentadas. Son eficaces, pero muy lentos.
Casi un minuto después el paso está libre.
La luz nos muestra una estancia ricamente adornada con banderolas que cuelgan del techo; lámparas que ahora están apagadas; cuadros en las paredes; telas y bellos cojines que decoran un gran trono de piedra rodeado de lanzas, espadas y escudos. En el centro, hay un sepulcro de mármol blanco. ¡Un sarcófago medieval!
―Parece que hemos llegado al corazón de este sótano ―dice Patacoja—. Esto es lo que la Fundación guarda. A esto se refería tu amigo Sombra.
Nos acercamos al sepulcro y lo observamos con atención. Está decorado con imágenes en relieve, cinceladas con gran habilidad. Un lateral tiene algunas letras grabadas, pero mantiene casi toda la superficie plana y lisa, como esperando a ser utilizada.
―Aquí hay un cuerpo yaciente ―explica Patacoja―. Fijaos en esta figura.
Efectivamente, sobre el sarcófago hay una escultura de mármol blanco que representa a una mujer tumbada que mira al cielo con los ojos abiertos. Tiene las manos entrelazadas sobre el pecho. De su cabeza, sobre la que hay una hermosa corona, salen largos mechones de pelo que cuelgan a su alrededor, como si fuesen rayos de sol. Lleva puesto un lujoso vestido repleto de pliegues que parecen olas y la majestuosidad de su postura evoca a una persona que medita, más que a una que está muerta. Paradójicamente, es la imagen de alguien que parece vivir con gran ilusión.
―Estoy segura de que podría levantarse si se lo ordenara ―susurra Metáfora―. Parece que está esperando que alguien se lo pida.
―Es cierto ―añade Patacoja―. Da la impresión de que el artista fue capaz de recoger la alegría de vivir que esta mujer poseía entonces. Por cierto, ¿quién es?
Nos acercamos para ver la inscripción que hay en una placa que se encuentra sobre el lateral derecho. En letras similares a las que acabamos de ver en los pergaminos leemos: «Aquí descansa la reina Émedi, esposa de Arquimaes, madre de Arturo e inspiradora de Arquimia. Los tres se reencontrarán de nuevo al final de los tiempos».
Metáfora y yo nos miramos asombrados. Una reina que se llama Émedi, que tenía un hijo cuyo nombre es Arturo y que era la esposa de Arquimaes. ¡Émedi también aparece en mis aventuras medievales! Ahora ya no hay duda de que mis sueños no son disparates.
Metáfora empieza a atar cabos, se acerca y me da un fuerte abrazo. Me hace sentir que lamenta todo lo que me ha dicho y que ahora cree en mis fantásticos relatos.
―¡Soy una estúpida! ¡Siempre empeñada en hacerte poner los pies en el suelo! ―exclama Metáfora, dándose cuenta de que ha estado equivocada durante mucho tiempo―. Lo siento mucho, Arturo.
―¿Me podéis explicar lo que pasa? ―pregunta Patacoja―. Tengo la impresión de que me he quedado fuera de juego.
―Ya te lo explicaremos cuando tengamos tiempo ―respondo―. Te aseguro que es muy largo de contar.
―Bueno, pues ya hemos empezado a descubrir el secreto del tercer sótano ―dice Patacoja―. A partir de ahora, será más apasionante.
―Antes de marcharnos quiero hacer unas fotos para estudiarlas ―propongo―. Tardo poco.
Saco el móvil y fotografío el sarcófago desde todos los ángulos posibles. Cada foto que hago me asombra más y descubro detalles que me fascinan. Si hubiera algún sitio en el mundo que pudiera explicar mis sueños, sería este, la tumba de la reina Émedi. Una reina de la que nadie había oído hablar y que, finalmente, parece que existió, que tuvo un reino, un esposo y un hijo... que podría ser yo.
Mientras hago las fotos, veo que Patacoja, llevado por su pasión de arqueólogo, estudia atentamente los ricos objetos que nos rodean. Creo que es lógico que quiera curiosear, ya que esto es algo que no se ve todos los días.
―Es mejor salir de aquí antes de que nos descubran ―le apremio―. El vigilante llegará dentro de poco.
―Me gustaría quedarme un poco ―pide Patacoja, absolutamente emocionado ante lo que está viendo―. ¡En mi vida había visto nada igual! ¡Es impresionante! ¡Es el sueño de cualquier arqueólogo!
―Ya volveremos otro día ―digo―. Pero ahora debemos salir. No quiero ni pensar en lo que ocurrirá si nos descubren.
Finalmente me hacen caso. Abandonamos el tercer sótano después de haber ordenado todo para que nadie note nada y salimos con el deseo de volver lo más pronto posible. Estamos seguros de que aún quedan muchas cosas por descubrir.
Poco después volvemos a la puerta de salida del jardín posterior y la abrimos para que Patacoja pueda salir sin ser visto.
―Ha sido una experiencia increíble ―dice antes de salir al exterior―. Gracias por darme la oportunidad de vivir algo tan apasionante. Para un arqueólogo, esto es lo mejor de la vida.
Dejamos pasar el coche del vigilante un par de veces y, cuando llega el momento en el que su ronda va a ser más larga, Patacoja se desliza hacia afuera. Pegado a la pared, desaparece en dirección contraria y cruza de nuevo la calle.
Metáfora y yo volvemos al edificio principal y subimos en silencio por la escalera hasta la tercera planta; haríamos demasiado ruido subiendo en ascensor.
―Bueno, vamos a dormir ―me despido―. Ya hablaremos mañana.
―Déjame entrar un momento. Estoy tan emocionada que necesito hablar de esto contigo ―dice, entrando en mi habitación.
Entonces, una vez dentro, me coge las manos y me mira fijamente a los ojos.
―Arturo, lo siento, perdóname. He sido una tonta por no creerte. Ahora veo que estaba equivocada y comprendo que no exagerabas. Siento haberme negado a escucharte cuando...
―Pues todavía no te he contado lo mejor ―digo―. Hay algo que me ha dejado el corazón helado.
―¿A qué te refieres? ¿Crees que de verdad eres hijo de una reina que existió hace más de mil años? ¿Crees que eso es posible? Ya sé que lo que hemos visto es asombroso, pero…
―Ven, acompáñame, quiero que veas una cosa.
Salimos de nuevo de mi habitación y subimos por la escalera que va hasta la buhardilla que hay dentro de la cúpula central. Abro la puerta, entramos y quito la tela que cubre el gran cuadro de mi madre, que está colgado en la pared.
―Mira. Fíjate bien.
Metáfora se queda blanca y se lleva las manos a la cara. Susurra, casi sin darse cuenta de lo que dice:
―¡Es la reina! ¡Es tu madre! ¡Son ellas! ¡Santo cielo!
―Sí, pero hay una pregunta que me inquieta: ¿quién está dentro del sepulcro?
Metáfora me mira desconcertada. La incógnita que se abre ahora es tan profunda como un abismo. Y los dos estamos junto al borde, a punto de caer.